El Día de Todos los Santos. El paseo de los espíritus

...y las almas de los fallecidos retornarán a sus hogares en los que durante por un día volverán hasta este lado de la orilla para recordar, en su etérea e inmaterial memoria, que un día fueron parte de este lado físico al que llamamos vida.

    Ya está aquí Halloween y el día de Todos los Santos, dos fiestas de culto que van de lo pagano a lo cristiano y que en nuestros días han conseguido fusionarse sin que la mayoría de mortales sepan claramente qué diferencia a ambas festividades y qué conceptos las unen.

Al igual que ocurre con la eterna rivalidad entre Papá Noel y Los Reyes Magos (aunque yo me quedo como es evidente con el producto nacional) el Día de Todos los Santos y Halloween están corriendo la misma suerte que los mencionados navideños.

La Historia.


El  de Todos los Santos es un día establecido por la Iglesia más antigua (d.C.) mediante la cual el estamento cristiano quería recordar a todos los mártires que habían muerto por la causa de Dios. Los Cristianos comenzaron ya a ser perseguidos no muchos años después de consolidarse como movimiento religioso en sí. De hecho son bien conocidas las crónicas sangrientas que el emperador romano Diocleciano llevó a cabo contra estos entre el año 284 y el 305. Así pues el día de Todos los Santos se estableció el 21 de febrero y en él se aglutinó el recuerdo de todos los muertos por la causa. Trescientos años después, el Papa Bonifacio IV consagraría el Panteón Romano donde se le rendía culto a los dioses paganos transformándolo en el Templo de la Virgen y de todos los Mártires por lo que fue modificada la fecha original al 13 de mayo, día de dicha consagración. Y el último y definitivo cambio que ha llegado hasta nuestros días se lo debemos al Papa Gregorio III hacia el siglo VIII que  estableció el 1 de noviembre como día de Todos los Santos para así eclipsar otro culto pagano de origen celta que se celebraba el citado día y que ha llegado algo transformado y difuso hasta nuestros corrientes con el nombre de Halloween.

    Halloween, pese a que ha sido el imperio americano el que se ha encargado de exportar esta  tradición que en origen no es suya,  nace directamente en noviembre, la víspera del día 1 y sus raíces están marcadas en la cultura celta. Los irlandeses la llamaban “Samhain” que significa final del verano y con ella festejaban la finalización de la temporada de cosechas a la par de celebrar igualmente lo que sería el comienzo de un año nuevo  entendiéndose éste como símbolo del inicio de otra temporada de cosechas. Es nuevo año daba comienzo con la estación oscura (otoño/invierno) y los celtas pensaban que en la víspera del año nuevo y aprovechando esa “línea oscuro” se abría una puerta que permitía a los espíritus regresar del más allá y deambular durante 24 horas por el que un día fue también su mundo.

    Por tanto cada víspera del 1 de noviembre (31 de octubre) las gentes emocionadas aclamaban y solicitaban a sus seres queridos a la par que vestían curiosos trajes y desagradables máscaras simulando así ser malos espíritus para poder pasar desapercibidos ante estos, que también accedían por tiempo limitado hasta nuestro mundo envueltos en una imagen desagradable. Cuando los irlandeses emigraron a América importaron la tradición y allí quedó bautizada como Halloween (All Hallows' Eve) que igualmente significa víspera de todos los Santos. El cine haría de esta víspera un noche para sentir  miedo o más bien terror aunque la versión cinematográfica poco o nada tuviera que ver con la tradición en si, y así John Carpenter llevaría Halloween a la gran pantalla en 1978 en la que la gran tirada de la película recayó en un asesino en serie disfrazado con una máscara que perpetraba sus atroces actos en la noche de Halloween.

El Retorno de los Espíritus.


Sea como fuere, el día de Todos los Santos representa en nuestro país la jornada en la que tenemos aún más presentes a los seres queridos que ya fallecieron. Por eso el 1 de noviembre los cementerios se llenan de miles de visitantes que ofrecen al camposanto un arco iris florido que sobresale de entre las tumbas.

Pero lejos de este sentimiento, que afortunadamente prolifera año tras año en mayor medida, se encuentra el miedo y temor que la noche de la víspera del Día de Todos los Santos genera en un gran número de personas. Y es que la tradición o leyenda celta de que esa noche los espíritus regresan al mundo de los vivos parece haber calado en cierto sector de la sociedad como algo más que una mera leyenda o tradición y ciertos o no, producto de la sugestión o de una realidad invisible, no son pocas las personas que dicen haber tenido extrañas vivencias la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre.

Algo extraño pasó.


Aquel mediodía, mi padre, hombre criado y crecido en una familia extremadamente humilde y castigada por las desdichas de una entonces España profunda y negra, regresó del huerto con el rostro pensativo. Sus rasgos dibujaban un interrogante en su faz cansada, una extraña cuestión zigzagueaba su cerebro buscando una explicación, una fisura por la que poder contestar a lo que le había ocurrido horas atrás. Y es que el haber perdido a un padre con 7 años le hizo posicionarse en el lado de los no creyentes, en el orilla más escéptica, rozando el negativismo más absoluto, no había lugar para la existencia de Dios en su forma de pensar y mucho menos para una vida después de la muerte pues siempre mantuvo la idea firme de que si hubiera algo más allá y sobreviviéramos de alguna forma en el otro lado, su madre y su padre- que eran las personas a las que más había amado como cualquier hijo- ya se habrían presentado ante él para decirle que estaban bien. Su mirada se perdía por entre los cuartos de la que por aquellos años era nuestra casa. Los platos dejaban salir el vapor propio de la comida caliente. Mis hermanos, mi madre, yo...todos a la mesa intentábamos comer como cualquier otro día pero aquel no era un día cualquiera, no para mi padre. Tras el postre, cuando el ritual de la comida había llegado a su fin, noté como si mi padre, que siempre había tenido una extraordinaria capacidad para ocultarnos sus preocupaciones y así evitarnos  sufrimiento innecesario, quisiera contar algo, algo que llevaba en su cabeza, algo reciente, algo que quizá no estaba preparado para entender y asumir en solitario por su forma de pensar. Me acerqué hasta él y le pregunté con el atrevimiento de un adolescente casi adulto qué es lo que le ocurría. Guardó silencio y poco después me contestó : “nada” esbozando una curiosa sonrisa. Pero yo sabía que no era cierto, pues la mitad de la cara sonreía mientras la otra mitad ocultaba su preocupación. Su cerebro luchaba por no contagiar ese desasosiego pero otra parte del mismo necesitaba desahogarse.

Eran las seis y media de esta mañana cuando me he levantado para marchar al campo como cada día y vestía mi habitual ropa de trabajo”- manifestó mientras se encogía de hombros como si con ello quisiera expresar que aquella mañana nada tenía de especial, nada que fuera distinto al resto de las mañanas. “Fui a la cocina, me preparé un café con leche y mientras este perdía algo de calor me dispuse a recorrer el pasillo de la casa. Quería llegar al salón para coger las medicinas que cada día tomo de forma crónica, que si un protector gástrico, que si las pastillas para los dolores...cuando justo al llegar aquí” – señalando con los dos brazos extendidos el lugar exacto de los hechos - “empecé a sentir como si algo diera vueltas muy rápidamente alrededor de mi, una tras otra, como si fuera un remolino” - añadía intentando buscar algo con lo que poder explicar lo sucedido. “Me quedé parado en el sitio, no sentí miedo pues todo ocurrió muy rápido pero aquello que daba vueltas alrededor de mi me hizo notarlo cada vez más cerca de mi cuerpo hasta el punto que el jersey que llevaba puesto comenzó a emitir un zumbido molesto a la par que vibraba pegado en mi cuerpo. Era como si tuviera bajo esa prenda cientos de abejas que estuvieran golpeando sus alas incesantemente buscando una salida. Ha sido en ese instante cuando asustado me he quitado con extrema rapidez el jersey y lo he dejado caer al suelo.”- “¿ y no puede haber sido un gran escalofrío?” - le pregunté como el que sabe que acaba de hacer una pregunta estúpida. “Un escalofrío no arrastra el jersey por todo el pasillo una vez que estaba parado en el suelo hasta llegar al salón”- añadió en tono como que ya había descartado esa posibilidad por extraña que llegara a parecer. “¿me estás diciendo que ese jersey se desplazó solo por el suelo y varios metros una vez que lo dejaste caer?”- pregunté para asegurarme. “No solo varios metros sino que además hizo el giro que presenta la curva del pasillo para terminar sobre la alfombra del salón como si alguien huyera y lo arrastrara con él”. “¿qué ha pasado entonces?” - le pregunté queriendo llegar al fondo del asunto. Arrugando el ceño y elevando las cejas volviendo a adoptar la misma expresión con la que le vi entrar a casa una hora y media antes exclamó: “Nada más. Me he acercado hasta el jersey, lo he cogido con precaución buscando el enjambre que sabía no iba a encontrar y tras sacudirlo mientras pensaba en lo ocurrido me lo he vuelto a colocar, he tomado mis medicinas, el café y me he marchado al comprobar que todo estaba en orden,  que todos dormíais plácidamente, como si nada hubiera ocurrido, como si aquel remolino del infierno quisiera que solo yo fuera consciente del él”. Sabía que no debía preguntarle nada más, sabía que me negaría cualquier relación con aquel día, sabía que él no aceptaría que aquel misterioso suceso tuviera algo que ver con el día en el que según los celtas los espíritus regresan a sus hogares y otros menos buenos increpan y molestan con sus bromas de mal gusto. Eran las seis media de la mañana de un 1 de noviembre de hace ya muchos años.

Mi padre ya no quiso mencionar nunca más aquel extraño episodio y cuando yo quería recordárselo provocaba un gesto en su cara como que aquello  fue algo sin importancia, pero sus ojos no podían mentir y desde aquel día en su interior comenzó a nacer la sensación de que quizá la idea de que haya algo más en ese otro lado no es tan descabellada como él siempre supuso.


Hoy sigo recordando aquella escena como si mi padre, lamentablemente ya fallecido, me la estuviera contando de nuevo en este mismo instante y no solo le otorgué entonces la credibilidad que todo hijo debiera otorgar a su padre sino que, curiosidades de la vida, ahora soy yo el que recoge esta serie de testimonios por otros muchos lugares y presentes en otras muchas personas.


Muchos se han encontrado con el misterio tal día como el de Todos los Santos. Si tu eres uno de ellos cuéntamela, escríbeme.

                                                                                            


        La víspera de Todos los Santos es también una noche para el “atrevimiento” y no son pocas las personas que durate la madrugada intentan contactar con el otro lado por si lo que decían los celtas acerca de la apertura y contacto entre los dos mundos fuera cierto. Prácticas relacionadas con la Transcomuniación, como puede ser la grabación psicofónica, la experimentación con la Oui-ja o sesiones de la llamada “Mesa Parlante”, entre otras,  cobran un especial protagonismo en sesiones controladas por experimentadores suficientemente capacitados para desarrollar una correcta práctica. Sin embargo la noche de Halloween es considerada por algunos adolescentes como la “noche ideal” para pasar miedo, y para ello rondan los alrededores de los cementerios poniéndose a prueba los unos a los otros con simulaciones irresponsables que no conducen más que a pasar un mal rato especialmente para el más sensible de los que allí acuden. Ciertamente esta práctica parece que va disminuyendo. No debemos de olvidar nunca  que los Camposantos son lugares sagrados donde quedan los restos de nuestros antepasados a los que debemos el mayor de los respetos. Cualquier práctica que no se realice desde la premisa mencionada no debe ser aplaudida.